27.8.12

Hombres muertos de miedo.

Entra un ladrón en la casa. Los niños, niñas y mujeres se esconden. El hombre, tiene que cumplir con su papel de macho valiente, y aunque esté aterrado, sale a dar la cara. En el fondo, está muerto de miedo, pero es más fuerte el miedo a no ser lo que la sociedad le exige, y cree que tendrá más represalias reconocer que le gustaría no ser él el que tenga que salir a defender al resto de las personas.

El ladrón, por su parte, también tiene miedo. Pero es muy pobre y tiene que llevar algo a su casa, estuvo batallando por meses para encontrar trabajo y no le quedó opción. En algún lugar de su mente, sabe que le encantaría que la mujer con la que vive y tuvo un hijo y una hija, tuviera un trabajo que les facilitara la vida con un sueldo más. Pero así le enseñaron que eran las cosas: él tiene que proveer. Claro que disfruta que ella se encargue sola de la crianza y las cosas del hogar, pero realmente lo aliviaría no cargar con el peso de toda la economía familiar. Aunque gracias a eso es él quien toma las decisiones. Está abrumado. Después de no lograr su robo, se siente frustrado y quisiera desahogarse.

No puede ir a casa de un amigo y llorar con él, contarle que ya no puede más con la presión. Prefiere guardarse todo antes que ser visto como débil. Así que toma la vía ya tan recorrida por tantos hombres antes que él, y va a emborracharse. Haciéndose daño de esta forma, noche tras noche, se permite un poco expresar su sufrimiento con el pretexto que salva su hombría: el alcohol.

Cuando llegue a su casa, reprenderá severamente a su hijo por llorar, y a la niña le pedirá que se quede callada.

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