Que quisiera ser poeta y no me sale. Que quisiera saberme aunque sea a Sabines absoluto y de memoria, y dormir cansada con Eluard de la mano, y en cambio tengo en la mesa de noche un ejemplar del nefasto Schopenhauer.
Pero eso es lo que hace a la vida más deseable que la inexistencia. Que el fin último de la vida sea la
F-E-L-I-C-I-D-A-D me suena mucho más al Dalai Lama y a mentira. Siento más franca la eudemonología porque, por supuesto, la vida se trata de andar entre el dolor y el aburrimiento, y hay que ponernos trampas mentales para hacerla soportable.
A veces tiene momentos de euforia, o momentos de algo que en el mejor de los casos podríamos llamarle bienestar subjetivo, para poderlo medir o conceptualizar. ¿O es más bien porque felicidad es una palabra demasiado grande?. Ese proceso neuroquímico que hace que aquel tiempo largo se disfrace de instante, que hace que tengas que cubrirte la boca con la mano para que no se den cuenta de tu sornisa, porque la sientes idiota.
La felicidad. Yo creo que es porque nunca he querido. Siempre he preferido esos poetas que escribían ahogados en alcohol o en depresión. Siempre preferí la filosofía franca. Me uní deliberadamente al clan de los que saben que al tener verdadera consciencia del mundo la felicidad parece inalcanzable (y ni qué decir de que es un camino y no un fin), y de lo efímero e impermanente del amor (de los que "se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite").
De cualquier forma: