2.9.08

Esquizofrenia.

Hoy desperté más temprano que de costumbre, convencida de que hoy le daría muerte a ese taladrante sonido que produce la gotera que hay en el sótano. Sigo sin saber por qué he tardado tanto para hacer algo al respecto. Tiene más de una semana, y cada noche es la misma historia. Llego a la casa, cansadísima, y me acuesto en la cama a repasar mentalmente la lista agobiante de pendientes para el día siguiente. De pronto la oigo. Está ahí, molesta, constante. A veces pienso que lo hace para fastidiarme. Tic. Tic. ¿es ese el sonido que hacen las goteras en todo el mundo? A mi me parece que es un sonido universal y desquiciante. Quién sabe cuánta gente se ha trastornado mentalmente a causa de una gotera que persiste a través de los años, cuyo sonido viaja sin reparos a través de los ductos del aire.

Maldita gotera, estoy convencida de que tiene vida propia. Se necesita tener, no sólo vida, sino voluntad para torturar así a un ser humano. Esa gotita permanente y perturbadora, va a terminar con el último aliento de cordura que queda en mi cabecita.

Por fin me decido a hacer algo al respecto. Pienso en varias opciones. Obviamente la de apretar las tuercas de la llave ya no es opción. Lo he intentado -como cualquiera, millones de veces sin ningún resultado. ¿Dispararle?. Me he sentido muy tentada, no puedo negarlo. Pero cualquiera con dos dedos de frente sabe que luego el problema se agravaría seriamente, y lo último que necesito es una inundación en el sótano. Tapar la salida del agua es una buena opción, pero es demasiado sencilla para un problema tan serio. ¿de verdad alguien cree que la gotera no sabe perfectamente que quiero desaparecerla?. No, no es tan sencillo. Tengo que planearlo cuidadosamente... sin que se lo imagine, pues no hay mejor forma de acabar con el enemigo que agarrarle desprevenido.

Mientras me pierdo en mis reflexiones, las voces comienzan a susurrar. Apenas un murmullo, pero sé que no hay nada que pueda yo hacer para evitarlas. Así que suavemente, las dejo entrar en mi cabeza y arrebatar mi razón. Pero esta vez sucede algo distinto. En lugar de perderme y lastimarme como siempre, esta vez aumentan mi claridad mental de forma escandalosa y repentina. Estallé en un momento excepcional de lucidez.

Ahora lo entiendo, como nunca antes lo había hecho. Las monedas de plata ¿cómo es que nunca se me había ocurrido? Es de esas ideas que se le ocurren a algunas mentes privilegiadas, y que luego hacen que los demás mueran de envidia por no haberlo pensado antes. Las monedas de plata eran la solución. Las fundiría con el fuego de la estufa, y entonces haría una especie de pasta con la que sellaría cada ranura por la que salen esas gotas martirizantes.

Pero ¿qué pensarían las monedas de plata? Estoy segura de que habían sido creadas a partir de balas que en su momento fueron usadas para destruir vampiros o algo por el estilo. Y nadie me lo dijo, pero estoy plenamente convencida de que así fue, porque cuando las tomo entre mis manos puedo sentir su energía macabra vibrando a través de mi piel. Puedo escuchar los lamentos de esos seres que murieron asesinados por balas de plata de algún revólver de siglos pasados. La gotera debería tener ese mismo fin, pues es igual de perniciosa que la exisencia de los monstruos imaginarios de los seres humanos.

No sé en qué momento, mientras me envolvía en los detalles de mi plan macabro, algo explotó en el sótano. Mi primera reacción fue la alerta. Agudicé mis sentidos y me estuve ahí un rato, pasmada, en silencio. Después me puse de pie, y muy a mi pesar, caminé hacia el sótano. Los latidos de mi corazón se volvieron ensordecedores. Busqué las monedas por toda la casa, hasta que las encontré en el cajón de una vieja máquina de costura.

Bajé las escaleras despacio, llena de miedo, con los ojos anegados de lágrimas. Luego la escuché, tic, tic. Cada vez más fuerte, cada vez más cerca. Pronto fui presa de pánico. Oía cada latido. Retumbaban en mis oídos y en mis sienes, sentía claramente la sangre correr por cada arteria. Mil gotas brillantes de sudor se apoderaron de mi frente y de las palmas de mis manos. Entonces llegué. Ahí estaba, frente a mi, la miserable gotera. Simples gotas de agua saliendo de una llave mal cerrada. No había nada de lo que mi mente loca había imaginado. No había ni vampiros, ni aves infernales. No había demonios, no había ningún ser mitológico de garras gigantes listo para atacar. Simplemente una gotera. Y en mis manos, ardientes estaban las balas de plata, llenas de sangre, no sé bien de quién.

1 comentario:

pilo dijo...
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