18.1.12

Yo confieso, ante Dios todo poderoso.

Que quisiera ser poeta y no me sale. Que quisiera saberme aunque sea a Sabines absoluto y de memoria, y dormir cansada con Eluard de la mano, y en cambio tengo en la mesa de noche un ejemplar del nefasto Schopenhauer.

Pero eso es lo que hace a la vida más deseable que la inexistencia. Que el fin último de la vida sea la F-E-L-I-C-I-D-A-D me suena mucho más al Dalai Lama y a mentira. Siento más franca la eudemonología porque, por supuesto, la vida se trata de andar entre el dolor y el aburrimiento, y hay que ponernos trampas mentales para hacerla soportable.

A veces tiene momentos de euforia, o momentos de algo que en el mejor de los casos podríamos llamarle bienestar subjetivo, para poderlo medir o conceptualizar. ¿O es más bien porque felicidad es una palabra demasiado grande?. Ese proceso neuroquímico que hace que aquel tiempo largo se disfrace de instante, que hace que tengas que cubrirte la boca con la mano para que no se den cuenta de tu sornisa, porque la sientes idiota.

La felicidad. Yo creo que es porque nunca he querido. Siempre he preferido esos poetas que escribían ahogados en alcohol o en depresión. Siempre preferí la filosofía franca. Me uní deliberadamente al clan de los que saben que al tener verdadera consciencia del mundo la felicidad parece inalcanzable (y ni qué decir de que es un camino y no un fin), y de lo efímero e impermanente del amor (de los que "se ríen de las gentes que lo saben todo, de las que aman a perpetuidad, verídicamente, de las que creen en el amor como una lámpara de inagotable aceite").

De cualquier forma:


2 comentarios:

Enrique dijo...

Yo también querría ser poeta y tampoco me sale.

De vez en cuando logro escribir unos pocos versos (como los que escribí al final de la penúltima entrada que publiqué), pero nada más. Necesito horas ¡horas! para expresar las cosas en verso.

Pero bueno, al menos siempre nos quedará la prosa; que por lo menos en ella alcanzo a expresar cosas más o menos decentes (bueno, la verdad es que por mí diría "cosas hermosas y fantásticas", pero no quiero dármelas de presumido, jaja).

Yo tampoco creo que el fin último sea la felicidad. Simplemente, porque para mí no existe un único y último fin. El fin que perseguías ayer puede no ser el que persigas mañana. O puede que pasado mañana persigas dos metas más además de la que perseguías ayer.

Ahora bien, si hay que hablar de un objetivo general, y no de objetivos específicos (entre los cuales sí pienso que puede estar la búsqueda de la felicidad), me atrevería a afirmar que el fin último es el de vivir. De hecho, no creo que cuando una persona desea suicidarse sea porque quiere morir, sino que lo que realmente pretende es acabar con el sufrimiento; pero no con su vida.

Una cosa está clara: no podemos ser felices constantemente, pero al menos siempre podemos tratar de ser lo más felices posible y hacer a las demás personas lo más felices posible.

Saludos.

Ministry of Silly Walks dijo...

Mi felicidad es tan amplia y generosa que hasta a la depresión le ha dado un poquito de espacio.